Hay películas que uno ve, disfruta y olvida. Y hay otras —muy pocas, en realidad— que se quedan contigo. Que no gritan, no se esfuerzan por impresionarte, y sin embargo, te tocan en lo más profundo. Para mí, Flow fue una de esas. Es la mejor película animada que he visto en mucho tiempo.
Flow, o Straume en letón (que significa “corriente”), es una película letona-belga-francesa. Está dirigida por Gints Zilbalodis, un nombre que probablemente nunca habías escuchado, pero que después de esto deberíamos empezar a recordar. El guión lo escribió junto con Matīss Kaža, y entre los dos lograron algo que es puro arte: una historia contada sin una sola línea de diálogo, pero con un lenguaje emocional clarísimo.
Y ojo con este dato: toda la película fue hecha con Blender, un software de animación de código abierto que cualquiera puede instalar en su computadora. Sí, sin grandes estudios detrás, sin miles de millones de dólares ni ejércitos de animadores sobreexplotados. Apenas 4 millones de presupuesto, aportados por diversas fundaciones, organizaciones y empresas del entretenimiento de Letonia, Bélgica y Francia. Y un equipo que sabía muy bien lo que quería contar. Y lo contaron de una forma que te deja con la boca (y el alma) abierta.

La historia arranca con una gran inundación. Un gato negro pierde su hogar, su espacio seguro, y termina abordando un velero donde se le unen otros animales de diferentes especies. Y aquí es donde empieza la verdadera magia.

Cada uno de estos animales tiene una personalidad muy marcada, sin necesidad de palabras ni narrador. El gato, al principio, es desconfiado, uraño, muy reservado. El capibara parece buen tipo, pero algo despreocupado; el lémur, obsesionado con sus tesoros; el perro (un clásico), simpático pero bastante torpe e invasivo; y el ave secretario, con un aire protector y altruista que contrasta con los demás.
Al principio, todos están encerrados en sus propias manías. Son extraños forzados a compartir un mismo espacio, flotando juntos pero sin conexión real. Mientras la corriente los arrastra, también los transforma. Y ahí está el corazón de la película: en cómo aprendemos a convivir, a soltar, a cuidar y a dejar atrás lo que ya no necesitamos.

Algo que me encantó es que estos personajes no están “humanizados”, como suele pasar en muchas películas animadas. No hablan, no usan ropa, no hacen cosas “de humanos” más allá de lo necesario para que la historia avance. Y sin embargo, te ves reflejado en ellos. Porque sí, sus conflictos emocionales nos resultan muy familiares: el miedo a lo nuevo, la necesidad de controlar, la dificultad de confiar, el deseo de pertenecer.Y lo más bonito: todo eso está contado desde una inocencia animal, con gestos sutiles, miradas, distancias y sonidos (propios de cada especie) que comunican más que cualquier diálogo forzado.
Flow no es una película de acción, ni un festival de chistes, ni una historia con moraleja explícita. Es más bien un viaje. Hay momentos duros —sí, se me puso la piel de gallina más de una vez—, pero también hay ternura, juego y belleza. Y sobre todo, hay algo muy reconfortante en ver cómo, sin planearlo, estos animales aprenden a confiar unos en otros.

Visualmente, es una maravilla. Cada plano está cuidadosamente compuesto para transmitir una emoción, una atmósfera, un estado de ánimo. Los paisajes, los movimientos… todo respira una delicadeza que se siente en cada fotograma. La música, sin imponerse nunca, acompaña con una sutileza que termina de redondear la experiencia. Y aunque la animación puede parecer algo rústica en algunos momentos, todo está tan bien pensado que esas limitaciones técnicas no solo se perdonan: se integran con naturalidad al lenguaje de la película.
¿Y los premios? Bueno, muchos… Flow no solo emocionó a quienes la vimos en silencio. También conquistó al mundo del cine “en serio”. Se llevó el premio a la Mejor Película de Animación en los Premios del Cine Europeo, fue reconocida por la National Board of Review, por los críticos de Nueva York y Los Ángeles, ganó un Globo de Oro, y en los Premios Óscar 2025 fue nominada a Mejor Película Internacional (¡la tercera película animada en lograrlo!) y ganó el premio a Mejor Película de Animación.

Y pensar que todo esto salió de un rincón del mapa… y de una herramienta que cualquiera puede usar.
¿La recomiendo?
Con todo mi corazón: sí. Flow no es una película para ver mientras revisás el celular de vez en cuando. Es una experiencia que te pide atención, sensibilidad y un poco de paciencia. Pero si te dejás llevar por su ritmo, vas a salir tocado de una forma muy especial.
Porque a veces no hace falta gritar para ser escuchado. A veces, solo hay que flotar… y dejar que la historia te lleve.




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